B. Desarrollar una pedagogia centrada en el valor de la PERSONA, centrada en lo esencial y profundo de ella, independientemente de lo que sea capaz de comprar e independientemente de su situación económica y de su raíz étnico-cultural. Todo lo cual implica principalmente trabajar dos aspectos:
- Transformar la tendencia a incorporar objetos a la persona, distorsionando el carácter esencialmente ético de ésta. Es decir, en medio de la lluvia de Marcas, hay unas a las que los sujetos terminan atribuyendo una categoría de valor por efecto de la propaganda y de la moda; y los adquieren, a veces, sacrificando otras necesidades mayores, integrándolas a su perfil personal como factor de distinción y valía. Algo similar produce el uso de productos de última generación que provocan la admiración del grupo al sujeto que las usa. La autoestima, que se edifica construyendo seguridad en sí mismo, en las propias capacidades y valores, termina siendo estimulada por tal marca o tal producto última generación, provocando sentimientos de superioridad (irreal) en el poseedor y sentimientos de inferioridad (también irreal) en quienes estan muy lejos de poder adquirirlos. Una pedagogía centrada en la estimulación de la práctica de valores, en el reconocimiento de las cualidades personales reviste una gran importancia. Niños y jóvenes son sensibles a ello. Se precisa de intensidad y cambios en el balance de contenidos curriculares, así como en la vida cotidiana de la escuela para sostener este proceso y hacer posible que los sujetos sean capaces de desincorporizar las “marcas” y los falsos valores que el mercado pretende inculcarles.
- Transformar el mundo de los prejuicios y discriminaciones socio-culturales que, en nuestro medio, tienen vieja data, pues la Independencia y la República no han sido capaces aún de superar. La convivencia entre diferentes, donde el respeto mutuo sea cultura cotidiana, donde la expresión de las tradiciones, la lengua y el arte de unos y otros sea motivo de admiración y aprecio o, por lo menos, de tolerancia y respeto, donde unos y otros sean capaces de concurrir a favor del bien común sin inequidades, es una meta a lograr por la escuela, las familias y las instituciones. Sin la trasformación de las actitudes excluyentes en un movimiento general inclusivo no es posible la construcción de la ciudadanía. La Educación intercultural, el aprovechamiento de la diversidad como fuente de afirmación de la identidad, juegan aquí un papel valiosísimo.
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